"La primera vez que oí el Fandango de Doña Francisquita fue a bordo de un avión Lockheed L-1049 Super Constellation de Iberia, que me llevaba desde Caracas hasta Madrid. El tema, junto con otros  de Albéniz, Granados y Falla, sonaba cada vez que despegábamos o aterrizábamos en San Juan de Puerto Rico, islas Bermudas e islas Azores, que eran las escalas de un vuelo de 7.000 Km, a una velocidad de 550 Km/h, con una duración estimada de unas 20 horas en total. Un auténtica tortura para un niño de cuatro años, mitigada en parte gracias a la música que salía por la megafonía de aquel cuatrimotor con capacidad para 75 pasajeros. 


Aeropuerto internacional de Maiquetía, Caracas, 1957


 Una fastidiosa alergia, que me tenía todas la noches sin parar de toser, había hecho que mis padres buscaran un cambio de clima más propicio para mis pulmones, así que me mandaron a España, a casa de mi tío Federico y mi tía Carmela -hermana mayor de mi abuelo materno-, que además de matrimonio eran primos hermanos, por lo que, en su momento, necesitaron una bula papal para poder casarse en la muy noble y católica España de la segunda década del siglo XX.  Mi tío Federico Romero Sarachaga (1886-1976) era escritor, Consejero de Honor de la SGAE, que él ayudó a refundar en 1932, miembro del Instituto de Estudios Madrileños, y autor de algunas de las zarzuelas más populares y significativas de aquel siglo: La canción del olvido (1916), Doña Francisquita (1923), El caserío (1926), La rosa del azafrán (1930), Luisa Fernanda (1932),  La tabernera del puerto (1936)  ... 


Lockheed L-1049 Super Constellation de Iberia
Aeropuerto internacional de Barajas, Madrid, 1957

Esperándome en Barajas, y a pie de pista, pues aún no se había impuesto la moda de secuestrar aviones y el acceso era muy sencillo, no como ahora, estaban sus hijas: mi tía Maruja, doctora en pediatría, y mi tía Pilar, enfermera, que me llevaron en su Seat 600 a su domicilio, en la calle del Españoleto, n º23, 3º izquierda. No hace falta decir que en ese nuevo hogar iba a estar perfectamente cuidado, y muy amado, también. Había llegado a la España nacional sindicalista de 1957, con las primeras emisiones de TVE y el Real Madrid paseándose triunfal por Europa.




 Al poco de llegar, fuimos a un evento muy importante para mi familia, el reestreno o reposición de Doña Francisquita, en el teatro de la Zarzuela, con Alfredo Kraus y Ana María Olaria, en los papeles de Fernando y Francisquita. La producción, por todo lo alto, corría a cargo del célebre José Tamayo, y el director de la orquesta era el gran músico leonés Odón Alonso padre. Así, fue transcurriendo la obra, pero cuál sería mi sorpresa cuando, de repente, desde el foso salió una melodía que enseguida reconocí: la misma que me había volado la cabeza en el avión ...  Se trataba, en efecto, del Fandango. 


Doña Francisquita (Montilla, 1956)

Al concluir la función, abandonamos el palco y fuimos a los camerinos, para que mi tío saludara a la compañía ... Yo no me enteraba de nada ... Mi mente seguía puesta en aquel tema, que tendría ocasión de escuchar las otras cinco veces más que cruzaría el Atlántico en los siguientes dos años. No cabía duda de que los cuidados y el amor de mis tías funcionaban, pues la alergia y la tos habían desaparecido. Tampoco sobre los efectos que la tutela de mi tío me brindaba, llevándome con él a museos y conciertos y poder escuchar sus enseñanzas. Además, para que me concienciase bien de qué iba todo aquello, me daba cinco pesetas por cada dibujo o poema que yo escribía. "Son tus derechos de autor", me decía ...

Verle trabajar en su despacho, rodeado de fotos de Amadeo Vives, José Serrano, Pablo Sorozábal o Jacinto Guerrero, a cuyas músicas él había puesto letra, era un curso acelerado de cómo organizarse a la hora de escribir, pero de esto no fui consciente hasta mucho después, cuando me tocó a mí desarrollar lo que llevaba dentro, solo que en clave de hardrock y blues. 
Hace algunos años que todo aquello se desvaneció, pero cada vez que necesito alimento espiritual, me paso por aquella casa, contemplo los ventanales del tercer piso y dejo mi volar mi imaginación .... como si viajara en un viejo Lockheed Super Constellation